GABINETE DE LECTURA

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Viaje a las antigüedades de Xotchicalco
René de Pedreauville

Revista Mexicana. Periódico Científico y Literario

Tomo I

1835

 

Antigüedades de Xotchicalco

A seis leguas de Cuernavaca, la antigua Quauhnahuac, hacia el Sur Suroeste, se halla situada la montaña de Xotchicalco, en la que existen curiosas antigüedades. Su base está rodeada de un foso ancho y profundo, y el escarpe cortado en terraplén, elevándose en eclipse hasta la cumbre en donde se distinguen cinco asientos. La altura de cada uno de ellos es de 24 varas o 20 m; sin embargo, varía según la disposición del terreno, en el que se observa una inclinación determinada, hacia el Suroeste, hecha sin duda para facilitar la corriente de las aguas, que son muy abundantes en ciertas estaciones del año; las paredes de estos terraplenes, construidas con arte, se ven todavía en toda su extensión y claridad. De un lado a otro presenta ángulos en forma de bastiones o baluartes, sobrepuestos unos encima de otros, y terminados en su parte superior por macizos oblongos, figurando bastante bien los caballeros de las fortificaciones. En lo más alto se extiende una explanada de 100 varas o 83 m seis décimos de largo, y 87 varas o 72 m siete décimos de ancho, sobre la que se ven, a más del monumento principal, muchos conos truncados, parecidos a los túmulos que se encuentran frecuentemente en esos lugares. Las piedras con que se hallan construidas estas obras, unidas con mezcla de cal, presentan en el exterior una superficie plana, y están labradas con cuidado, particularmente las que forman los ángulos salientes de los terraplenes.

          No se puede poner en duda el destino absolutamente militar de estos trabajos, ni rehusarse a creer que tuvieran por objeto especial la defensa del monumento que encerraban, cuya importancia puede apreciarse atendiendo a los medios empleados para su seguridad. No es este el solo ejemplo que se encuentra en la República Mexicana de templos fortificados, y es sabido que las antigüedades egipcias suministran más de uno. Sea de esto lo que fuere, no pueden dejar de admirarse unas obras de 4,500 varas o 4,000 m de extensión, que dieron a este monte árido y salvaje el carácter monumental de las más grandes creaciones del arte, y que hicieron de este lugar desierto un sitio digno del nombre de Xotchicalco, que quiere decir en el idioma mexicano “castillo de flores”.

          A esta montaña se une otra más elevada, también llena de terraplenes de mampostería, en forma de escalones. Una calzada de grandes lozas de mármol conducía a la cumbre, donde se hallan todavía algunas minas, y entre ellas un túmulo de grande dimensión. Por lo demás, nada se ve de monumental sobre el monte inferior, a excepción de un cuadro de granito, que podrá ser el de la gran piedra cuadrada que cita el padre Alzate (escritor del siglo próximo pasado),2 que servía para cerrar la entrada de un subterráneo, situado al Este del monumento principal. La escultura que la decoraba representaba un hombre, cuyas entrañas devoraba una águila; especie de Prometeo que habría sido curioso poder comparar con el de la mitología transatlántica. Destruido hace cosa de cincuenta años, como rostro de idolatría, este bello trozo de granito porfírico, produjo dos cargas de sus destrozos o pedazos, y no ha quedado vestigio alguno; mas una excavación hecha en el lugar que parece ocupó, daría acaso interesantes resultados. El monumento que vamos a describir tampoco ha sido perdonado, y han contribuido muchas causas a su demérito. Un celo religioso malentendido ha causado los primeros perjuicios, y la barbarie con que los dueños de las fábricas de azúcar inmediatas han empleado en la construcción de sus hornos las piedras labradas que les convenían, han consumado el daño.3 Yo no temo, a ejemplo del padre Alzate, abandonar el aborrecimiento de la posteridad a aquellos cuya mano sacrílega ha destruido casi enteramente una de las obras más maravillosas de su patria. Antes de este acto de vandalismo, acaecido el año de 1755, existían todavía los cinco cuerpos de una pirámide truncada, sobre la que había una plataforma en que se hallaba del lado Este un asiento o trono de pórfido, cubierto enteramente de jeroglíficos de un remate precioso. No hemos podido descubrir indicio alguno de esta rara pieza; mas no es imposible que haya sido recogida en alguna habitación vecina, y que el deseo de contribuir a la propagación de los conocimientos arqueológicos, comprometa algún día a personas ilustradas a exhibir lo que poseen en este género, y a reparar al menos en parte, el daño causado a la ciencia la estúpida ignorancia de sus antepasados.

          Vamos a describir el monte de Xotchicalco en su estado actual, a fin de justificar la ruina deplorable en que se halla, y de salvar, tal vez, de una destrucción inminente, los curiosos restos de que vamos a dar la idea más exacta que nos sea posible.

          El edificio no se distingue desde afuera, solo es visible desde la última muralla que lo rodea; esto es, del último giro de la espiral que forman los terraplenes de que se ha hablado ya. Muchos autores han mencionado un recinto rectangular de piedras de talla que rodeaba al monumento, mas no existe de él vestigio alguno. Sin embargo, el padre Alzate, el capitán Dupaix y Mr Humboldt lo han citado como cosa positiva; y aun últimamente Mr Waldeck, que ha visitado estas antigüedades, señala este recinto, que no ha podido desaparecer en tan pocos años, sin que los habitantes del país hayan tenido de ello conocimiento. Habiendo sido vanas todas nuestras investigaciones relativas a este particular, hemos observado que es tan estrecho el espacio que hay hacia el Norte, entre el monumento y uno de los macizos de piedra, o caballeros que rodean la plataforma, que no hubiera podido hacerse una construcción semejante al recinto que tratamos. Tampoco podría llenar el objeto que se le atribuye de haber servido de último atrincheramiento, pues hubiera estado dominado por todas partes; de manera que sean cuales fueren las armas ofensivas de que se hubieran valido, semejante refugio habría sido ilusorio.

          La noble ruina, rodeada de sus propios restos, forma un rectángulo, cuyos lados son casi iguales. Los más grandes, que miran al Norte y Sur tienen 23 varas, un pie, tres pulgadas o 19.24 m, medidos desde arriba del plinto; y los que miran al Este y Oeste, tienen 21 varas, tres pulgadas o 17.63 m, mientras que el padre Alzate da 25 varas o 20.97 m a los lados del Este y Oeste, y solamente 21 varas o 17.53 m a los del Norte y Sur, lo que sitúa al monumento de diversa manera de como él es, colocando la mayor dimensión en el lugar de la menor. Mr de Humboldt, que dice no haber visitado Xotchicalco, adopta las medidas del padre Alzate; mas no determina los rumbos a que están situados los lados, lo que le impidió observar la exactitud con que un pueblo que no conocía la brújula, puedo calcular los diez grados de declinación en la dirección dada al edificio, hacia los cuatro puntos cardinales.

          La altura actual del cuerpo de arquitectura, entre el plinto y el friso, es de tres varas, un pie y tres pulgadas o 2.88 m; no habiendo podido sondearse en las ruinas que lo rodean, sino hasta dos y medio pies o 0.68 m, se puede presumir que no tiene menos de vara y media, espesor medio de las piedras empleadas en esta construcción. El friso tiene cuatro pies españoles o 1.111 m, y la cornisa un pie, diez pulgadas o 5.16 m. Estas medidas en nada concuerdan con las referidas por el padre Alzate, quien no da al cuerpo de fábrica sino dos varas o 1.67 m; al resto, esto es, al friso, la cornisa y al pinto otras dos varas, y al total cuatro varas o 3.444 m.

          Todos los viajeros convienen en la nobleza de la estructura y en la regularidad de proporciones del monumento. La inclinación de las paredes, la elegancia del friso y la cornisa, son de un efecto notable. El volumen, la talla y el ajuste de las piedras de pórfido granítico de que se compone el edificio, no son menos sorprendentes, cuando se observa, después de tantos siglos, la buena conservación de los ángulos salientes, la limpieza de las esculturas, y el conjunto perfecto de las diversas partes de bajorrelieves, que se extienden sobre muchas piedras unidas sin mezcla, y cuyas junturas apenas se distinguen. No es dudoso, según esto, que el edificio haya sido esculpido, después de su entera construcción, como lo acostumbraban los egipcios, con cuyos monumentos así por el modo de esculpir los bajorrelieves en los huecos y el uso de emplear en su fondo un barniz de color establecen semejanzas muy notables. Sin fundamento se ha escrito que el edificio había sido enteramente pintado de encarnado, pero es fácil asegurar que este color no es más que efecto del barniz, aunque no se ven vestigios de este sino en el fondo de los relieves.

          Las esculturas que cubren este monumento serían de un grande interés, si el trastorno de las partes superiores no se opusiera al enlace de las materias. Sin embargo, lo que queda no es, como se ha repetido, de puro adorno, sino fábulas mitológicas o alegorías, cuyo estudio puede conducir a algunos descubrimientos. Aunque a primera vista parece que son unos mismos los objetos, por la simetría que en ellos se observa, una examen más atento hace percibir grandes diferencias, si no en los personajes, al menos en lo accesorio. En cada ángulo, y sobre cada lado, se ve una cabeza colosal de dragón, cuya grande boca, armada de enormes dientes, deja salir una lengua dividida; pero en unos la lengua es horizontal, y en otros cae verticalmente; en el primero, se dirige hacia un signo que se cree ser el del agua, y en los otros a diversos signos o emblemas. Si los jeroglíficos, hacia los que se dirigen las lenguas de los dragones, eran los del aire, de la tierra y del fuego. Habría lugar de considerarlos como los símbolos de las cuatro épocas de la naturaleza, admitidos en la cosmogonía adoptada por los tultecas, y más tarde por los aztecas. Algunos han pretendido ver en estos dragones imágenes de cocodrilos; mas nada puede asegurarse de estas figuras fantásticas que no tienen modelo alguno en la naturaleza; y es poco probable que los indígenas de México hayan ido a buscar sus emblemas entre los animales de los países lejanos, teniendo en la iguana un modelo local que no han hecho más que exagerar para hacer un signo monstruoso. 

          Sobre los dos lados existentes hay dos figuras de hombre, más grandes que el tamaño natural, sentados de frente con las piernas cruzadas a la oriental, collares de enormes perlas, ricos adornos y un peinado desproporcionado, con largas plumas flotantes. En una mano tienen una especie de cetro, y la otra se haya puesta sobre el pecho; un jeroglífico de gran tamaño, colocado enmedio de cada lado, separa las dos figuras, cuyas cabezas miran, las del lado del Este, hacia el Norte y la otra al Sur, y por el lado del Norte los dos perfiles se dirigen al Oeste.

          El friso que se halla alrededor de este cuerpo presenta una serie de pequeñas figuras humanas, sentadas también a la oriental, con la mano derecha cruzada sobre el pecho y la izquierda apoyada sobre una espada curva, cuyo puño trae a la memoria el de las espadas antiguas; cosa tanto más digna de atención, cuanto que ningún pueblo descendiente de los tultecas o aztecas ha hecho uso de esta especie de armas. El peinado de estas pequeñas figuras, que se parece mucho al de las que se han descrito ya, es siempre desmedido, y esta circunstancia, que se encuentra en todas las fábulas mitológicas egipcias, es considerada en ellas como emblema del poder o de la divinidad. Con las figuras humanas se ven mezclados varios signos de los que unos parecen alegóricos y otros cronológicos, según puede juzgarse por su conformidad con los empleados en las pinturas de los aztecas para designar las épocas, no debiendo perderse de vista que estos los habían tomado de los tultecas, quienes sin duda, los aprendieron de sus antepasados a los que deben atribuirse estas esculturas. Otro signo que parece de diferente especie se encuentra repetido entre las figuras; es una quijada de dragón abierta y armada de dientes, como en los grandes relieves, de la que sale en lugar de lengua un disco dividido por una cruz. Este curioso emblema, empleado frecuentemente por los egipcios para representar el mundo de los solsticios y equinoccios, ¿no podrá ser, colocado así, el de alguna catástrofe de este hemisferio? Muchos autores han querido hallar en esta cruz, así como en la de Palenque, algunas relaciones con pueblos o personas cristianas; mas este signo existía desde la más remota antigüedad entre los egipcios, y el estilo del monumento de que tratamos permite creerle muy anterior a las emigraciones de los pueblos modernos. También se ha creído ver representadas danzas en el friso de Xotchicalco, pero su perfecta conservación hace poco excusable semejante error, y unas figuras sentadas con las piernas cruzadas y en la mano una espada, excluyen cualquiera idea de danzas sagradas o guerreras y no traen a la memoria más que escenas mitológicas o históricas.

          Sobre el friso había una cornisa adornada con dibujos muy delicados que representan Oalmetas y Meandros a la griega. Todas las molduras y perfiles que se conservan, ofrecen una elegante sencillez, y su relieve sobre el friso, hace a sus ángulos semejantes a los de los sepulcros egipcios antiguos. Esta cornisa no existe sino en algunas partes, porque la vegetación se ha extendido sobre ella y destruido mucho; de modo que hará desplomarse muy pronto los restos, y causará un día la ruina total del monumento, si no se procura evitar.

          Muchas piedras que han quedado en su lugar anuncian la existencia de otro segundo cuerpo, y prueban que el edificio en su integridad tuvo una forma piramidal. Un entrate de dos pies y medio o 0.68 m, señala en tres lados el nacimiento de este segundo cuerpo; pero aquel tiene por el lado del Oeste más de cinco pies o 1.37 m, lo que hace presumir que esta fachada tuvo diferente destino del de las otras. En las dos extremidades del mismo lado, las piedras, cuyas esculturas daban vuelta hacia el interior, indican una abertura que debía tener 5 varas o 4.18 m, de ancho. Los bajorrelieves de uno de los montantes están interrumpidos, pero creemos que esta separación regular de las paredes, no es más que una entrada que conduce a la plataforma de este cuerpo. No habiéndose hallado vestigio alguno de escalera en los escombros, ni habiendo salida alguna en los otros tres lados del piso de la calzada, se había pensado que el monumento no tenía comunicación exterior; al presente, el descubrimiento de una ancha puerta demuestra la existencia de alguna escalera proporcionada, cuyo alto escalón estaría al nivel de la banqueta de cinco pies conservada por este lado solamente sobre la cornisa. Sobre la explanada que forma este piso se ve un recinto cuadrado, hecho con hermosas piedras, bien labradas, que servían para rodear una excavación de ocho varas o 6.68m, de diámetro, y la cantidad de piedras que han caído en ella impide reconocer así su profundidad como su destino. Sin embargo, es creíble que había formado en este vasto circuito escaleras que comunicaban con el piso inferior, y, sin duda, también con los subterráneos que atraviesan la montaña.

          Entre las piedras que obstruyen el orificio de este pozo hay algunas esculpidas; mas derribadas y deterioradas de tal manera que es imposible ver lo que representan. No sucede lo mismo con las que forman los dos lados de la entrada, cuyos bajorrelieves contienen escenas complejas; se ve un guerrero que tiene un haz de tres flechas con las que parece señalar un jeroglífico de grande dimensión, y sobre la entrada reconocida está una figura arrodillada a los pies de un personaje, del que no quedan sino las dos piernas y la parte inferior del vestido. La riqueza de los collares y adornos, más bien que algún indicio en las formas, permite creer que es una mujer implorando a un guerrero. En el otro lado de la entrada está un personaje sentado, igualmente con un haz de tres flechas en la mano dirigido hacia una liebre; pero estando trastornada la piedra que forma la vuelta del segundo montante de la puerta interrumpe este bajorrelieve. No obstante, habiéndola encontrado, según hemos dicho, hemos visto muy distintamente las dos piernas de una figura enteramente igual a la del primer montante. Entre tantas piedras que están tiradas alrededor del monumento hemos observado una sobre la que está esculpido un hombre ricamente vestido, así como también los largos penachos de su peinado, y las piernas que representan la acción de huir. El calzado es muy notable por su semejanza a los zapatos atados con listones, anudados artísticamente y trabajados con delicadeza. El resto del asunto ha desaparecido con la piedra sobre que continuaba, y hemos reconocido con sentimiento la imposibilidad de recogerlo todo entero, lo que tal vez se efectuaría revolviendo otras piedras que podrán además ofrecer una serie de hechos mitológicos o históricos capaces de comunicar alguna luz sobre un pueblo, cuya civilización parece haber sido muy diferente de la de las naciones que empezaron a emigrar desde el sexto siglo de nuestra era.

          Los subterráneos formados en la montaña, tienen su entrada por el lado del Norte, al pie del terraplén: dos aberturas curvas dan entrada a dos excavaciones, de las que una termina a 30 varas o 25.05 m, sin haber tenido mayor profundidad; y la otra que tiene tres varas y media o 2.9 m de alto y otro tanto de ancho, se dirige al Sur por un espacio de 70 varas o 58.5 m, dando después vuelta en ángulo recto hacia el Oeste, y termina a 60 varas o 50.16 m por un embarazo que parece hecho a propósito no solamente con los materiales de la bóveda caída sino también con los de las paredes laterales. Nuestro guía nos confirmó en esta opinión, asegurándonos que los indios de muchos pueblos inmediatos se habían reunido para cerrar así el paso que conducía a una sala que los españoles, después de su invasión, habían llamado la sala de Cristo por haber colocado en ella una cruz expiatoria.

          La senda que habíamos seguido, y que se llama el Camino Real, habría debido efectivamente terminar en algún lugar importante. La bóveda y las paredes cortadas en la roca calcárea, han estado por todas partes cubiertas de cimiento, y el piso, de un pie y medio de espesor o o.41 m, se compone de piedras cortadas en forma de gruesos ladrillos, que tienen encima un barniz muy duro de color gris, y que aún conserva un brillo digno de atención en todas las partes en que está descubierto. Al entrar, habíamos dejado a cosa de 30 varas o 25 m de la abertura, una especie de hondonada que creíamos sin salida; mas al volver, examinándola con mayor atención, descubrimos en la cima de un cúmulo de escombros un paso que nos condujo a una galería parecida a la otra. Recorriéndola, a la distancia de 50 varas o 45.75 m hacia el Este, encontramos una especie de sala terminada por otra hondonada em que hay de uno y otro lado una elevación de dos pies o 0.41 m, y de igual extensión a lo ancho, cuyo uso no pudimos adivinar. Hacia el Sur de la sala se abre otra galería que conduce a un cuarto terminado por una pared, y dirigiéndonos hacia el Este vimos dos enormes pilares, o más bien, dos grandes masas dejadas en la misma peña, formando tres entradas a un gran salón de 30 varas o 25 m de extensión. Al lado derecho observamos un objeto enteramente digno de atención, que es una pequeña cúpula practicada en la piedra en forma muy regular y cubierta en su interior de piedras cortadas con cuidado y dispuestas en círculos concéntricos, cuya mitad está ocupada por una hendedura de cerca de un pie o 0.27 m, abierta verticalmente a una altura indefinida. Las piedras, proporcionadas a la magnitud relativa de los círculos, disminuye a medida que ellos se estrechan, y presentan una especie de mosaico muy curioso. Es difícil determinar el uso que ha debido tener este singular conducto; mas según nuestro modo de pensar, debíamos hallarnos debajo del monumento con el que creemos tendría comunicación para algún objeto relativo al culto. Buscamos entre los escombros la comunicación que suponíamos habría con el piso de la explanada del edificio, y que algunos antiguos vecinos de las inmediaciones de este lugar nos aseguraron que había habido; pero esta salida, como la del Camino Real, habrá sido obstruida de intento, y podría, tal vez, encontrarse por medio de algunos trabajos poco costosos. El riesgo de que desplomara el edificio y el temor de las bestias feroces que frecuentan estos sombríos criptos o lugares subterráneos, ha impedido a la mayor parte de los viajeros penetrar allí, siendo de desear que el gobierno hiciera practicar una completa exploración, bien para desembarazar algunas salidas ocultas, o bien para descubrir objetos interesantes a las ciencias.

          Tal es el estado actual de las ruinas de Xotchicalco, cuya antigüedad no es dudosa, y cuyo carácter se asemeja tanto al de los monumentos egipcios que parece justificar las conjeturas que inclinan a considerar este edificio como obra de un pueblo aborigen, que en los tiempos más antiguos tendría comunicación con el otro hemisferio; hipótesis que tarde o temprano podrá bien apoyarse en pruebas evidentes tomadas de Palenque. En cuanto al monumento del que tratamos, nos parece merecer la atención de los sabios, tanto por la belleza de lo que existe, como por la inmensidad del trabajo que habrá costado. El transporte de las masas de pórfido granítico con que está construido, y de que no existen semejantes en ninguno de los cerros que lo rodean, es un motivo de observación. Estos pedruscos de dos a cuatro varas de largo o de 1.67 a 3.34 m, y de un grueso proporcionado, han exigido indudablemente fuerzas maravillosas para conducirlos a la cumbre de un monte cónico de más de 100 varas o 85 m sobre su base, y ha sido necesario para colocarlos valerse de máquinas que anuncian una civilización muy adelantada, ¿cómo, en efecto, sin conocimientos de la estática podrían disponer estos materiales, y emplearlos de manera que después de tantos siglos, las piedras no estén separadas, y conserven, sin especie alguna de mezcla, su perfecta unión? Mas si el examen del solo cuerpo que queda de este monumento excita una verdadera admiración, ¿cuánto deberá aumentarse imaginando los cinco cuerpos que formaban el todo de la pirámide, cuya altura no podría ser menos de 25 varas o 20.9 m? El cuidado no se limitaba solo al edificio y a las obras que lo defendían; una calzada de piedras planas, que comenzaba en el monte, se extendía a muchas leguas hacia la dirección del Este, y todavía se encuentran algunas partes bien conservadas sobre las faldas más escarpadas de los cerros que atraviesan el país; esta circunstancia debe contribuir mucho a la idea que es preciso formarse de la extensión de los conocimientos de un pueblo capaz de ejecutar semejante reunión de trabajos.

          No es fácil decidir si Xotchicalco fue un templo o un sepulcro. El estado de degradación a que está reducido, no permite reconocer precisamente su uso, y los escritores de la conquista nada hablan sobre esta antigüedad, como tampoco sobre la mayor parte de un pueblo cuyos edificios religiosos eran considerados, por las preocupaciones de aquel tiempo, como obras de idolatría dignas de ser aniquiladas. Entre tanto, no siendo la forma piramidal exclusivamente propia de los monumentos fúnebres, según lo prueban las pirámides de Cholula y de Papantla, y estando la de Xotchicalco, como ellas, terminada por una plataforma en que había un asiento o trono muy notable, según lo atestigua el padre Alzate (que nos ha conservado los dibujos y que escribía veinte años, a lo más, después de la caída de los cuerpos superiores), nos creemos autorizados a creer que era un templo. Además, los túmulos a que está contiguo indican que podría haber tenido el doble objeto de servir al culto de las divinidades y de sepultura a los soberanos del país; así también las grandes pirámides de Teotihuacan, cuya antigüedad se remonta hasta los Olmecas, pueblo aborigen, estaban consagradas a la adoración del sol y de la luna, ocultando en su seno pozos y galerías análogos a los de Sajara. Los subterráneos de Xotchicalco admiten tanto mejor tal semejanza, cuando que sus diferentes direcciones no han podido tener por objeto único la comunicación secreta con el templo; en tanto que su construcción, excluyendo, no obstante lo que se ha escrito, toda idea de habitación, recuerda la de un verdadero hipogeo.

          Sin entrar en más pormenores, nos contentaremos con hacer algunas observaciones sobre las esculturas de Xotchicalco, y sobre las que pertenecen realmente a los pueblos que han hecho irrupciones en México, desde el sexto siglo de nuestra era. En las primeras se hallan proporciones regulares, y mucha expresión en las cabezas y en el adorno de las figuras; mientras que en las otras no se descubren sino vestigios de barbarie. Las estatuas aztecas, informes y desproporcionadas, en nada manifiestan la imitación de la naturaleza; y si en ellas se observa frecuentemente una ejecución algo correcta, con más frecuencia se ven todavía cabezas desmedidas, narices engrosadas y frentes deprimidas hasta la extravagancia. El Huitxilipuztli que se conserva en el museo de México, no es más que una reunión de parte incoherentes del cuerpo humano ligadas entre sí por serpientes; imagen fantástica, digna de las horribles ofrendas que recibía. Todos los ídolos que se han recogido hasta el día, son más o menos deformes, y se atribuyen a los tultecas, lo que no se separa, hasta cierto punto, de las reglas del arte; así es que la piedra del calendario y la de Oaxaca son reconocidas como anteriores a los aztecas. Sin embargo, aun concediendo a los tultecas cierta superioridad sobre aquellos, no se les podrá creer autores de una adelantada civilización. Un carácter particular distingue sus obras de las que tienen mayor antigüedad, notándose en sus esculturas la conformidad que Mr Humboldt había observado también entre sus divinidades y las de la India; y mientras más se establece esta semejanza, menos relación se halla entre ellas y los bajorrelieves de Xotchicalco, que nosotros consideramos como pertenecientes a la más remota antigüedad. Uno de los tipos de arte de los tultecas acaba de ser descubierto cerca de Miacatlán, sobre un túmulo de gran dimensión. Es una estatua casi de tamaño natural, que presenta todos los caracteres de una divinidad de la India. La cabeza está ceñida de una diadema que tiene toda la apariencia de una corona mural. Por lo demás, su total desnudez hace reconocer al Dios a quien estaba consagrado el Lingam,4 es decir, el Pan indiano. Las formas de esta estatua son muy superiores a las de las estatuas aztecas: el trabajo es delicado y el pulimento dado a la piedra basáltica de que está formada denota alguna habilidad en al ejecución. No obstante, nada anuncia en ella el conocimiento del arte que se observa en la construcción y en la decoración de Xotchicalco, cuyo estilo es del todo diferente; nada, en fin, en esta obra indica pertenecer, ni al mismo pueblo, ni al mismo culto.

          No siendo nuestro intento llevar más adelante este examen, por pertenecer nuestra opinión particular sobre las antigüedades de México, a cuestiones de un orden demasiado elevado para permitirnos desarrollarlas, dejamos su discusión a los sabios, deseando que un gobierno ilustrado, o una sociedad de amigos de la ciencia emprendan el trabajo de poner en claro unas riquezas arqueológicas, cuyo conocimiento podría dar una idea más exacta de la antigua civilización de una parte tan interesante de este hemisferio impropiamente llamado Nuevo Mundo.




1. Réné de Pedreauville, barón, cambió París por Nueva Orleans, donde se incorporó a la Gran Logia del estado de Luisiana antes de migrar a la ciudad de México. En marzo de 1835 dirigió la primera expedición exploradora gubernamental a Xochicalco, organizada por el Museo Nacional y el ministro de Relaciones Exteriores e Interiores, José María Gutiérrez de Estrada, la cual integraban el barón Jean Baptiste Louis Gros, secretario de la Legación Francesa en México, el barón Antoine Louis Deffaudis, ministro de Francia, los señores Gerolde y Ribevio, cónsul general y encargado de negocios de Brasil, respectivamente, el hijodalgo Manuel Velázquez de la Cadena y el dibujante de la expedición, Ignacio Serrano. La misma expedición visitó también las grutas de Cacahuamilpa. Carlos María de Bustamante asegura en Mañanas de la Alameda de México haber visto el manuscrito de una segunda relación de esta misma visita, escrita por Gros.

2. En 1777 José Antonio Alzate Ramírez (1737-1799) visitó y estudió las ruinas de Xochicalco. La versión más acabada de sus consideraciones la incluyó en el suplemento de su Gazeta de Literatura de México (1791).

3. Pedreauville se refiere aquí a varias haciendas, las cuales pueden ser la de San Gabriel de las Palmas y la de Santa Cruz Vista Alegre, hacienda azucarera y alcoholera, sita en Tetecala al oriente del actual estado de Morelos. También podría tratarse de las haciendas de Chiconcuac y Miacatlán.

4. Representación simbólica del dios Shiva.