GABINETE DE LECTURA

HOME / PUBLICACIONES / GABINETE DE LECTURA / La calle del Indio Trsite

La calle del Indio Trsite
Isidro Rafael Gondra

Desde que se publicó la anécdota histórica del siglo XVII sobre la Calle de D. Juan Manuel, por don José Gómez de la Cortina, me ocurrió que a pocos días tendríamos una colección de anécdotas curiosas y divertidas, sobre el origen de los nombres de muchas de las calles de México, y ya me figuraba que pronto sabríamos si una antigua conspiración había dado su nombre a la calle de los Rebeldes; si un coche desbocado, a la de Tumba-burros; si una alhaja perdida, a la de la Joya; si el birrete de un alcalde, a la de la Monterilla; si a una ejecución del santo oficio, a la de la Quemada; si lo verde de la alameda, al barrio de la Esmeralda; y para no cansar a mis curiosos lectores, andaba de ceca en meca, leyendo con la mayor atención todos los azulejos de las esquinas, y a mis solas me echaba a caza de analogías, y de historias tradicionales, de que muy pronto creía tendríamos un copio tan considerable, que mi cuadernito de la calle de don Juan Manuel iba a ser indudablemente el principio de una colección histórica, que compondría tres o cuatro tomos en cuarto para aumentar mi biblioteca.

Disgusto positivo me causaba ver los nombres clásicos de algunas calles, aun de las principales. Los Plateros, los Meleros, los Cordobanes, los Mercaderes, los Tlapaleros, los Tabaqueros, y los Curtidores, son títulos que nada presentaban a mi imaginación ni de historial, ni de romántico; mucho menos las calles que toman sus denominaciones de los conventos o iglesias, y que casi comprender la mitad de la ciudad; porque a más de estar bautizadas con el nombre del santo patrono de la iglesia donde se halla la calle principal, suele haber también 2a, 3a y 4a, los bajos, la espalda, las rejas, la estampa, el chapitel, el cuadrante, y qué sé yo cuántas otras denominaciones. A pesar de esta monotonía, y acaso por ella misma, excitaban más mi curiosidad los nombres extraños y significativos, y en grado más elevado, los que no entendía por no estar en castellano como Chiquis, Mixcalco, Tlatelolco, Chiconautla, Cuajomulco, Tezontlale, Nahuatlato, Necatitlan, Machincuepa, Tlaxpana, Acatlan, Tomatlan, Chirivitos, Tenexpa y otros que me dijeron conservaban su antiguo origen mexicano.

Por último, viendo que iban días y más días, sin que encontrara compañera la historia de don Juan Manuel, me resolvía a salir preguntando a todo hombre instruido, o que me parecía serlo, y a todo viejo de los que ya no pueden disimularlo, ¿si podían darme alguna noticia del objeto de mis investigaciones? Pero todo en vano, mi querido lector: uno fruncía las cejas, otro se reía de mí en mis barbas, aquel me decía que tenía ciertos papeles carcomidos, donde podría satisfacer mi curiosidad, pero que estaban guardados en un arcón, pero cuya llave no quería dar su abuelita sino hasta que se muriera; alguno me llenaba la cabeza con patrañas tan inverosímiles, que no merecían crédito alguno, y el más político me disuadía de mi empresa descabellada, diciéndome que sería imposible formar, no digo tres o cuatro tomos, pero ni un cuaderno abultado con esas preciosidades originales de los nombres que distinguen a las calles de México, según me había fijado en mi caletre.

Desesperado, aunque no convencido de este consejo amistoso, cansado de pararme siempre en las esquinas y de leer inútilmente los títulos que conservan los azulejos, me volvía cabizbajo y pensativo una tarde a mi casa, cuando la fuerza de la costumbre me hace levantar los ojos y veo con letras grandes y negras sobre fondo blanco y reluciente, Calle del Indio Triste.

Aquí volvió mi manía con todo su entusiasmo y vigor. ¡Indio Triste, decía yo, en una ciudad fundada por los indios, a todos los que después de la conquista, les sobraba razón para ser indios tristes! Aquí no puede menos de haber algún misterio. Cuando se ha conservado hasta nuestros días una calle dedicada a un indio, es porque este ha sido un personaje notable, y cuya notabilidad la ha adquirido a expensas de su tristeza. Por otra parte, la idea de un indio triste excita los recuerdos de la conquista; de la historia antigua de México, de la grandeza de sus fundadores y de su degradación posterior. Esta sí que es una idea la más adecuada para una anécdota histórica, o cuando menos para un drama romántico. Esto es hecho: voy a investigar de todos los vecinos de la calle, que creía los mejores archivos, quien me dé noticia de este indio triste, que ha excitado tan vivamente mi ya amortiguada curiosidad.

            Entro en efecto en la primera casa, pregunto el nombre de su dueño, su edad, su estado y el tiempo que hacía la habitaba; mas la vieja que sale a abrirme la puerta, me da con ella en los hocicos, y con voz regañona me amonesta, que ya habían estado el día anterior los que iban a hacer el padrón para la contribución nueva, o cualquiera otra socaliña, y que si era para sorteo, allí no había más hombre que su hijo, que era clérigo. Sin oír más, mohíno y disgustado de un recibimiento tan incivil, subo la escalera de la segunda casa, y después de romperme una mano para que me oyeran, a despecho de los furiosos ladridos de dos perros mastines, me contestan que el amo de la casa estaba en la hacienda y que sus guardas labradores impedían a la ama de llaves, que era quien hablaba, ofrecerme pasase a descansar. Ya esto era un poco más político, pero nada en sustancia. En otra me dieron por toda contestación: aquí no vive nadie... pero cansaría demasiado a mis benévolos lectores si continuase detallándoles el desgraciado éxito de mis peregrinaciones y de mis visitas en la calle del Indio Triste; me limitaré, por lo mismo, a indicar las dos únicas noticias que pude obtener, una en la primera de dichas calles, y otra de un amigo compasivo, que más hábil que yo, para esta clase de inquisiciones, me proporcionó el resultado de las que había hecho.

            Casi en la última casa me encontré por fortuna con un anciano respetable, que después de asegurarse del buen estado de mi cerebro, me dijo así:

        

“En los años inmediatos a la conquista, la política virreinal siempre tímida y suspicaz, solía distinguir a algunos caciques o indios ricos y de influencia, con el objeto de tener en ellos espías inmediatos que le avisasen oportunamente de los planes y combinaciones que con frecuencia se tramaban, para sacudir el oprobioso yugo extranjero. Uno de estos había merecido toda la confianza del virrey, a expensas de repetidas denuncias, y merced a esta protección, y a algunos de los idolillos de oro que había heredado de su padre, se encontraba poseedor de algunas fincas en la calle donde hoy nos encontramos. Esto solo fue bastante para que la envidia roedora le acechase sus tiros, y so pretexto de un motín, de que no dio parte a la autoridad, porque no llegó a sus noticias; el virrey mandó secuestrarle sus bienes, y aquella alma baja que había visto con serenidad marchar al patíbulo a los que había denunciado, no pudo sobrellevar el verse privado de sus honores y bienes, y sentado en la esquina de esta calle llorando su desgracia, objeto de la burla general, se abstuvo de comer por algunos días, hasta que se encontró muerto en la misma postura el día menos pensado. El virrey que con aquel ejemplar castigo había querido atemorizar a los mal contentos, declaró sus bienes propiedad de la Corona, mandando hacer una estatua de piedra que representase a lo vivo a aquel indio llorón, y que recordase el hecho a la posteridad para su escarmiento.” “En efecto, la estatua permaneció en la esquina, pegada a la pared, hasta que para construirla de nuevo se quitó, trasladándose posteriormente al Museo Nacional donde existe. “Esta historia, concluyó el anciano, que oí de boca de mis padres, en los primeros años de mi vida, es todo lo que sé en el asunto, sin quitarle ni agregarle un pelo.”

Di las gracias a mi lacónico cronista, y aunque le hice algunas objeciones y preguntas, no quiso o no pudo satisfacerlas. Pero veamos ya el resultado de las investigaciones de mi amigo, quien me dirigió la siguiente carta:


“El lugar donde hoy se hallan las calles del Indio Triste, lo ocupaba en la época de la conquista el palacio de Axayácatl, padre de Moctezuma, último emperador de México. Su extensión y magnificencia eran tales, que se consideró como el lugar más a propósito para hospedar a los españoles, y según Torquemada, a cada uno se le destinó su pieza. En su gran patio se hallaban colocados muchos dioses de piedra, de dimensiones colosales, a quienes se hacían fiestas en diversas épocas del año, aunque no tenían templo o teocali designado.

“Después de la conquista se mutiló o destruyó la mayor parte de ellos, empleándose sus restos en los cimientos de los nuevos edificios, y solo por una contingencia se ha encontrado últimamente en ese lugar, la cabeza de la diosa de las aguas, preciosamente labrada en un trozo de serpentina, que tiene media vara de alto y más de dos tercias de ancho; sin embargo, se conservó una estatua de un indio, que se decía era un signo del sentimiento que había formado la nación Azteca, en la muerte de Moctezuma I, cuya posición hizo desde entonces que se le denominase el Indio Triste. La colocación de sus manos, como se ve en el dibujo que acompaño (es copia exacta de la estatua de piedra de basalto que se conserva en el Museo Nacional de esta capital), era proporcionada por tener un estandarte, y en efecto se le colocó uno de los guiones españoles en el mencionado cuartel, y acaso a esta circunstancia debió su conservación.  “Posteriormente se puso en la esquina del nuevo edificio construido por los españoles, y dio el nombre a las dos calles del Indio Triste.– México, &c.”

 

Mis lectores no habrán quedado satisfechos, como yo tampoco lo estoy, ni de la relación del anciano, ni de la carta del amigo; pero acaso este artículo podrá excitar a algunos aficionados a las antigüedades de México, a escribir sobre la materia, y publicar tal vez algunos datos más positivos del origen de la estatua, y el de la Calle del Indio Triste.

 

 

 

El Mosaico Mexicano, o
 Colección de amenidades curiosas e instructivas,
tomo III, México, 1840, pp. 165-168.