Escultura azteca / B. Péret



Prólogo del libro Los tesoros del Museo Nacional de México. Escultura azteca, con veinte fotos de Manuel Álvarez Bravo, México, 1943.

El nivel de desarrollo de un pueblo no se mide únicamente por sus progresos materiales, sino también por la cultura y el arte que destilan y exaltan cuantas conquistan han realizado en los múltiples dominios en que ejerció su actividad: esto constituye el licor de la civilización, más embriagador que ninguno de los alcoholes.

Desde este punto de vista se puede afirmar sin temor a contradicción que los aztecas habían llegado, en América, a un nivel de desarrollo que solamente los mayas superaron.

Si se ha podido legítimamente colocar el arte maya en el mismo plano que el arte griego en lo relativo a la perfección y la ciencia del volumen y de la forma que revela, hay que situar la producción artística de los aztecas al mismo nivel que el arte egipcio. Hay que hacer notar de paso que los aztecas conocían apenas el uso de los metales que para los egipcios tenían pocos secretos, y hay que admirar también los tesoros de paciencia y de ingenio de que tuvieron que valerse para esculpir en las piedras más duras las figuras que nos han dejado y los monumentos que atestiguan su genio.

El arte azteca, como el de los egipcios, saca directamente su substancia de la magia y de los mitos que la coronan, materializando tipos de divinidades casi inmutables. Pero los egipcios ignoraban los sacrificios humanos que dan un acento tan trágico a la civilización azteca y al arte que ésta ha engendrado. Este sentido patético de la muerte marca con un sello único toda la producción artística de este pueblo, dando a los tipos que ha creado un reflejo de horror y de espanto sin igual. Era preciso que así fuese, que esta muerte –exaltada por seres que la soportaban con una indiferencia altiva y hasta quizá la esperaban como una consagración de su vida– fuera reflejada con todo el horror que inspira inconscientemente a hombres protegidos a pesar suyo por un inalienable instinto de conservación, en estas divinidades que, pidiendo la sangre de sus criaturas, cargaban con todo el horror de su muerte.

El arte azteca entero muestra –las magníficas fotos de Manuel Álvarez Bravo lo evidencian– esta protesta inconsciente del hombre contra la suerte que los dioses le reservaban. Tienen caras amenazadoras porque hacían cernirse sobre sus criaturas la amenaza continua de una muerte espantosa. Estaban ávidos de sangre porque los hombres que los habían imaginado habían descargado sobre ellos toda la violencia de su corazón y sus costumbres bárbaras, en las cuales reinaba todavía una antropofagia ritual mostrando que el canibalismo primitivo, de donde salía, había sido dominado en época relativamente reciente. En efecto, el arte de los aztecas era más avanzado que sus costumbres. Es verdad que, si se toma en cuenta la guerra actual, la civilización occidental no ha progresado mucho desde los aztecas sino en el arte de matar y de mentir. Esta distancia entre el arte y las costumbres del pueblo perdura todavía, y quizá se ha acentuado actualmente, puesto que la totalidad de la nación azteca participaba en la creación artística, mientras que hoy día los pueblos civilizados carecen frecuentemente de capacidad para sentir el arte.