Homenaje a Franz Boas / P. Rivet



Tomado de International Journal of American Linguistics, volumen xxiv, número 4, octubre de 1958.

Franz Boas ha sido para mí un Maestro, no obstante que nunca tuve la posibilidad de recibir sus enseñanzas. En sus obras encontré un método de trabajo y, en la medida de lo posible, un modelo.

La característica de la obra de Boas es una extraordinaria polivalencia. Por medio de la lectura que comprendí la complejidad de la etnología y la interdependencia de sus diferentes ramas: antropología, prehistoria, arqueología y etnografía, serología. Gracias a Boas imaginé lo que debía ser un auténtico Museo de la Humanidad, es decir, un diorama inmenso, en donde el visitante encontrara el cuadro completo de las razas, de las civilizaciones, de las lenguas del mundo.

Es entonces que por Boas debí realizar, al cabo de veinte años de esfuerzos, el Museo del Hombre. Él fue quien me hizo comprender la solidaridad existente entre las características físicas, biológicas, culturales, lingüísticas de las diferentes ramas de la humanidad. Fue en efecto, con igual maestría, antropólogo, etnógrafo y arqueólogo, historiador del arte y lingüista. Feliz la América que recogió en plena actividad a una de las más hermosas inteligencias de las ciencias humanas y que le dio las posibilidades de su pleno florecimiento. Yo temía que América no percibiera esta magnífica donación de Europa. Veo con gusto que, después de la bella obra de Herskovits, los lingüistas hayan querido celebrar a quien fuera el fundador de la lingüística científica en el Nuevo Mundo.

Boas merece estos homenajes, ya que él reconocía al país que lo recibió y tenía un afecto singularísimo por esta Universidad de Columbia que le dio la posibilidad de vivir y de trabajar.

Yo conocí sus tormentos en el transcurso de la Primera Guerra Mundial, el desgarramiento de un hombre dividido entre su vínculo con su país natal y su lealtad total hacia su país de adopción. Leí la magnífica y valiente carta que le escribió al presidente Hindenburg pidiéndole que no cediera el poder a Hitler y que diera la voz de regreso de lo alemán a la humanidad. Me habría encantado que la publicara íntegramente, pues se trata de la más bella expresión de la conciencia de un hombre de corazón y de razón.

En el transcurso de mi vida me topé muy pocas veces con Boas, pero cada vez que tuve el gusto encontré en él, sin que él lo supiera, un modelo, no sólo de sabio, sino de ser humano.

Lo vi por última vez el día de su muerte, el 21 de diciembre de 1942. Yo estaba en el exilio, tras haberme visto obligado a huir de Francia por las persecuciones del gobierno de Vichy y de los alemanes. Nunca el reconocimiento de Boas fue más afectuoso que en estas circunstancias. Ofreció en mi honor un desayuno íntimo en la Universidad de Columbia. Asimismo invitó a mi amigo Levi-Straus, también refugiado de Francia. Fue así que quedé a un lado de Boas, quien participaba animadamente en la conversación. En cierto momento me preguntó si yo daría unas charlas en Nueva York. Le contesté que como tema había elegido el racismo ante la ciencia, excusándome de elegir un tema tan discutido y adocenado. Me dijo: Pero no, Rivet, no es un tema agotado, esta cruzada contra el racismo debe continuar, por siempre y de parte de todos. En ese momento lo vi entumirse en su asiento, caer hacia el otro lado dando un gemido. Murió proclamando por última vez esa que fue la regla de su vida, su fe en la igualdad de los hombres.

Boas, permaneciendo fiel a Alemania y a Estados Unidos, fue un gran y auténtico ciudadano del mundo.