El Presbítero José Antonio Gay/ Manuel de Olaguíbel



Tomado de El Partido Liberal. Diario de política, literatura, comercio y anuncios, 15 de octubre de 1886, tomo iii, número 490, ciudad de México.

Acaba de bajar al sepulcro un modesto sacerdote, un buen ciudadano y un escritor de mérito; quiero hablar del presbítero José Antonio Gay. Esperando todos los que tuvimos el gusto de conocerlo, que ya estará disfrutando a la vez que del descanso de esta vida, del premio de sus relevantes virtudes, aseguramos que su nombre vivirá siempre inscrito en la inmortal lista de nuestros más grandes historiadores.

Formada nuestra federación de Estados, que encierran razas enteramente distintas, en donde se habla una gran diversidad de interesantes idiomas, cuyos orígenes son los de naciones completamente independientes, y que hoy en su totalidad se enorgullecen con justicia de formar la unión mexicana; pero conservando cada uno sus monumentos, sus tradiciones y sus recuerdos, es de toda evidencia que si ha de escribirse alguna vez nuestra historia general, no ha de ser nunca sin tener a la vista la colección completa de las crónicas o historias particulares de los Estados.

Grande es, pues, el servicio que presta un escritor cuando publica una de estas obras, pero es todavía mayor cuando la más rigurosa crítica ha presidido a su formación, cuando se han tenido a la vista los más importantes documentos, cuando se ha escrito con conciencia; en una palabra, cuando fruto de muchas noches de trabajo, el escrito, según la gráfica expresión de Horacio, huele a lámpara.

Tales son los distintivos que desde luego aparecen en la Historia de Oaxaca que escribió el señor Gay y salió a la luz pública en esta capital el año de 1881.

Pudo el autor disponer de la riquísima biblioteca del excelente mexicanista licenciado don José María de Ágreda y Sánchez, de los datos que había recogido en el Archivo Nacional el señor don Esteban Cházari, así como de los documentos que formaban el antiguo archivo de la provincia dominicana de Oaxaca, los cuales fueron proporcionados por el apreciable padre vicario provincial fray José María Ortiz, a cuyas tres personas dedica el autor un recuerdo de gratitud en el prólogo de su obra.

Comienza el padre Gay por la descripción geográfica del Estado de Oaxaca, la cual desempeña con la exactitud, claridad y brillantez propias de su estilo. No es precisamente la declamación la que reina hoy por hoy; en la moderna escuela histórica, ella puede sintetizarse en el relato tranquilo e imparcial de los hechos, en la agrupación de éstos para conseguir el señalamiento de los fenómenos sociológicos y con la repetición de éstos marcar las que deben llamarse leyes críticas de la historia. El cronista, como narrador, es testigo experto, como filósofo es juez.

No tiene este pequeño artículo las pretensiones de un juicio crítico, así es que seguiremos desde lejos al autor, indicando solamente su exquisito método y una que otra de las bellezas de su obra, pues como es fácil comprender, su mérito consiste en el conjunto, o sea en la artística armonía de las partes con el todo.

La dificil cuestión del origen de los indios, ocupa a nuestro autor en lo relativo a las razas que existen en el Estado, como son entre otras, los zapotecas, mixes y mixtecas; y las proposiciones o hipótesis que presenta, seducen desde luego por el criterio de verdad que a ellas preside. Interesante es el problema y es de gran mérito tratar materias en las que ha sido precedido por Grocio, por Rafu, por Orrio, por fray Gregorio García, por Bacilli D’Engel y por Quatrefages.

Describe enseguida el señor Gay los usos, costumbres, tradiciones, religión y leyes de los indígenas, las relaciones entre los aztecas y los zapotecas, las guerras continuas con que se destrozaban, lo que concluye con la llegada de los conquistadores. Después puede decirse que comienza la verdadera historia de la fundación de lo que es hoy el Estado de Oaxaca.

Valdivia el gran conquistador de Chiles, escribía al rey de España, diciéndole “no me mandéis soldados, mandadme misioneros”; esto fue precisamente lo que se hizo en Oaxaca.

Las órdenes religiosas que, como toda institución humana, tuvieron su decadencia, estaban a principios del siglo xvi en una época de verdadero evangelio, a consecuencia de las reformas implantadas por el ilustre cardenal franciscano Jiménez de Cisneros, de modo que bien pudieron ser, como lo fueron, activos y honrados cultivadores del ancho campo que a la sazón les ofrecía el descubrimiento de América.

A moción de fray Domingo de Betanzos, se dirigieron a Oaxaca en 1528 los religiosos dominicos fray Gonzalo Lucero, sacerdote, y fray Bernardino de Minaya, diácono; y en este mismo año se repartieron los solares en la capital, que a poco tiempo recibió el título de ciudad y se le llamó Antequera, por encontrarle algunos semejanza con la ciudad del mismo nombre de Andalucía.

La toma del pueblo de Huaxyacac, por los españoles, verificadael 25 de noviembre de 1521, no consumó, ni con mucho, la conquista de la provincia. Pero los dominicos fundaron realmente todas aquellas poblaciones, levantaron monumentos soberbios, que podrían lucir en cualquier parte del mundo, trabajaron aquellos campos antes incultos, establecieron el comercio y las artes, y dulcificaron aquellos agrestes caracteres llamándolos libres y derramando sobre ellos los consuelos de una religión de paz y de bondad, imitando en esto a su hermano de hábito el ilustre fray Bartolomé de las Casas.

Se ocupa después el autor de la introducción de las otras órdenes religiosas, de las luchas entre éstas y los Obispos, de la sucesión de éstos con sus biografías perfectamente escritas, y al fin de cada siglo la lista de escritores oaxaqueños.

Llega por último a ocuparse de la guerra de independencia, y si antes había dado pruebas de una notable erudición, revela en ese punto un acendrado patriotismo, iluminado por las excelsas luces del raciocinio.

Con qué íntima fruición debe leer todo mexicano las siguientes frases, que son como el broche de oro con que cierra su obra el Padre Gay:

Es claro, como luz del medio día, que la independencia de México es justa y conveniente, y que legítimamente la procuraban los mexicanos al principio de este siglo. Si alguna razón se habría de dar en comprobación de que era esta una justificada y noble causa, bastaría decir que ningún deber tenía la nación de estar sujeta a España: ¿quién le habría impuesto semejante obligación? ¿No gozó antes de propia autonomía? ¿No la perdió únicamente obligada por la fuerza? ¿La conquista dio a Hernán Cortés la propiedad de México? ¿Era suya esta nación para que pudiera trasladar el dominio de ella en el rey de España? ¿No soportó México a su pesar la prolongada sujeción de la metrópoli? ¿No podía recobrar lo que era suyo, lo que jamás la fuerza debió haberle arrebatado, cuando estuviese en aptitud de hacerlo? ¿Qué autoridad divina o humana le había impuesto el deber de estar perpetuamente unida a España?

Pero, ¿qué mucho que así se exprese quien al concluir en su primer apéndice, la preciosa biografía de fray Bartolomé de las Casas, dice: “Los grandes acontecimientos que encadena la sucesión de los tiempos, resultan de la acción combinada de la libertad humana y de la Providencia divina”?

Decía Petrarca que la corona de laureles se consigue con el estudio y es la consecuencia del trabajo, y yo me permito añadir, refiriéndome al Padre Gay, que los laureles son el patrimonio del talento y el premio de la virtud.

El que nunca vivió la vida de esta tierra, el que tenía siempre los ojos fijos en la moral y en el estudio, tiene indiscutible derecho al recuerdo de sus conciudadanos y merece el epitafio del poeta griego: “¡Oh, tierra, se leve para aquel que tan poco pesó sobre ti!”.

México, Octubre 9 de 1886